Dos opiniones muy electorales

Omar Jiménez es un comunicador Social de la UCC. Especialista en Gestión Política y de Gobierno de la Universidad de Alcalá, España. Exdirigente político de los partidos PIN y Opción Ciudadana. Actualmente asesor político y de gobierno, con experiencia en estrategia, comunicación y gestión pública.

Panoramapolitico.co publica dos muy interesantes columnas de opinión de este colaborador en torno a la actual coyuntura política y electoral con motivo de los comicios presidenciales de este 31 de mayo. Estas son:

El arte de inflar globos

OPINIÓN

Por: Omar Jiménez

En la política moderna no gana quien convence, gana quien parece inevitable.

En los corrillos políticos de Bogotá comienza a coger fuerza una teoría, la que Abelardo es un globo inflado a punta de medios, plata y estrategia, y analizándolo bien, tiene mucho de cierto. Porque en política los candidatos ya no se construyen desde las plazas públicas, las regiones, y  menos aún, desde las ideas; hoy se fabrican desde los estudios de grabación, las mesas de mercadeo y las portadas de revista.

El mecanismo es muy simple, se toma un personaje mediático, histriónico, se le inyecta exposición diaria, se exageran sus cifras, se multiplican las entrevistas, se le vende al público como un fenómeno en ascenso y, finalmente, se intenta provocar el famoso efecto manada, si suficientes personas creen que alguien está creciendo, muchos terminarán acercándose únicamente porque nadie quiere sentirse por fuera de la tendencia.

La política convertida en pura emoción. Justamente eso es lo que muchos comienzan a sospechar que ocurre hoy alrededor de Abelardo de la Espriella. Un candidato que no parece una construcción política orgánica y sí más un producto inflado artificialmente a punta de micrófono, sondeos discutibles y sobreexposición mediática cuidadosamente sincronizada.

El globo tiene nombre propio y el helio también, porque detrás de esta operación aparece inevitablemente el ecosistema mediático de la revista Semana y la enorme influencia de Gabriel Gilinski, cuyo poder económico y mediático hoy pesa como pocas cosas en la conversación pública nacional.

Y aquí es donde la teoría empieza a dejar de parecer teoría. La fortuna de los Gilinski creció miles de millones de dólares durante el gobierno Petro, un detalle nada menor en medio del discurso supuestamente apocalíptico que ciertos sectores empresariales venden frente a la izquierda. Porque la verdad incómoda es que a buena parte de los grandes empresarios no les importa quién gobierne, les importa seguir ganando dinero. La ideología es apenas el empaque elegante de un negocio mucho más pragmático que es sencillamente conservar influencia y proteger rentabilidades.

Por eso los grandes grupos económicos suelen jugar a varias bandas al mismo tiempo. Financian narrativas, impulsan candidatos, fragmentan sectores y moldean percepciones. No necesariamente para ganar elecciones, sino para garantizar que cualquier resultado termine siendo funcional a sus intereses.

Y es ahí donde aparece una de las tácticas más viejas del maquiavelismo político, la de dividir para debilitar. Nicolás Maquiavelo lo entendió hace siglos, muchas veces no hace falta destruir al adversario; basta con fracturarlo internamente.

Saturar la derecha de candidaturas emocionales, figuras mediáticas y egos sobredimensionados puede terminar produciendo exactamente el escenario que ciertos sectores necesitan, una oposición fragmentada, desordenada y distraída mientras la izquierda avanza con disciplina electoral.

Por eso hoy algunos ven con mucha suspicacia el papel de Vicky Dávila dentro de esta ecuación. Su regreso cómodo a Semana y el tratamiento preferencial hacia Abelardo después de la Gran Consulta alimentan una percepción que crece silenciosamente, más que periodismo, pareciera estarse ejecutando una estrategia de reposicionamiento electoral cuidadosamente diseñada.

Entonces aparecen titulares grandilocuentes como: “el fenómeno”, “la sorpresa”, “el único capaz”, “el ascenso imparable”, “Abelardo Dobla a Paloma”, además de las cifras infladas de Atlas Intel a través de sondeos virtuales haciéndose pasar por encuestas, todo esto para aplicar una vieja máxima en la propaganda política y es que, si suficientes personas creen que alguien va ganando, una parte terminará apoyándolo únicamente para no quedarse del lad…

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Primera vuelta presidencial, hagamos pronósticos  

OPINIÓN

Por: Omar Jiménez

A riesgo de incomodar militantes, herir susceptibilidades y provocar ese reflejo tan colombiano de asumir cualquier análisis electoral como adhesión ideológica, hago una proyección para primera vuelta antes de analizar las últimas encuestas que seguramente saldrán este fin de semana, como las de Invamer,  Guarumo y el CNC, y otra vez volverá el ritual nacional de convertir porcentajes en emociones y emociones en verdades absolutas.

Mi estimación parte de una participación cercana a 25 millones de votos, aproximadamente un 60% del censo electoral, esto se traduce en que cada punto porcentual serían unos 250 mil votos, no es una cifra menor, es una forma de medir músculo, estructura,  capacidad de movilización y, sobre todo, miedo. Porque pocas cosas movilizan tanto en política como el miedo a que gane el otro.

Mi escenario es este:

Iván Cepeda 41% (10.250.00 votos).

Paloma Valencia 28,5% (7.125.000 votos).

Abelardo De La Espriella 22,5% (5.625.000 votos).

Voto en blanco y nulo 5% (1.250.000 votos).

Claudia López 3,5% (875.000 votos).

Sergio Fajardo 2,5% (625.000 votos).

Otros 2% (500.000 votos).

Sí, sé que para algunos esto parecerá una herejía estadística, pero las elecciones no siempre premian al que parece más simpático en encuestas; suelen premiar al que logra convertir la simpatía en maquinaria, narrativa y disciplina electoral.

Porque aquí viene algo incómodo, el porcentaje proyectado para Paloma Valencia no debería interpretarse automáticamente como un ejercicio de simpatía personal hacia ella, sino como una lectura de varios factores; primero, la Gran Consulta ya ocurrió, no fue una encuesta ni una conversación aireada en redes sociales, fueron votos reales, personas levantándose un domingo para respaldar opciones políticas concretas y eso importa.

Segundo, muchos de esos precandidatos de la Gran Consulta no desaparecieron, siguen muy activos recorriendo regiones, activando liderazgos, defendiendo nichos electorales y sumando estructura, la política territorial rara vez genera titulares nacionales pero llena urnas.

Tercero, esta semana se sumó el partido MIRA, cuya principal fortaleza nunca ha sido el ruido mediático sino algo más útil el día de elecciones, disciplina electoral, en Colombia se suele subestimar a quienes votan organizadamente porque hacen menos escándalo.

Y cuarto, los partidos tradicionales siguen contando, menos que antes, pues sí, muchísimo menos que en épocas donde bastaba una llamada para mover municipios enteros, pero pensar que hoy no pesan nada sería un error enorme.

Difícilmente trasladan toda su votación congresional a una presidencial, pero sacarían por lo menos, el 20% de esos votos, y eso representa cientos de miles de sufragios.

La política en nuestro país ha cambiado, pero no tanto como algunos analistas urbanos quisieran creer. Por eso, si mi escenario se acerca a la realidad, Paloma no llegaría al 28% exclusivamente por adhesión ideológica, sino por agregación política, que son cosas distintas.

Una campaña puede enamorar y otra puede ordenar. Y ordenar en elecciones tan polarizadas, la gran mayoría de las veces, suele valer más.

Mientras tanto, Iván Cepeda aparece consolidando algo más profundo que una candidatura, un bloque político. No es una moda pasajera ni una sorpresa coyuntural, sus contradictores llevan años subestimando la capacidad de ciertos sectores para construir identidad política estable.

El verdadero interrogante aquí nunca ha sido quién lidera, es quién logra enfrentarlo, y ahí entra Abelardo De La Espriella. Mi impresión es que hará una votación muy alta, sorprendentemente alta para alguien sin trayectoria electoral y cuya campaña, hasta ahora, parece apoyarse más en símbolos, personalidad y confrontación que en densidad programática, y esto último no es poca cosa.

Porque si termina acercándose a los seis millones de votos, pasará a la historia reciente del marketing político colombiano, no necesariamente como constructor de mayorías, pero sí como demostración de que en tiempos hipermediatizados la forma puede viajar más rápido que el fondo.

Sería injusto decir que no tiene impacto porque lo tiene y mucho, pero una cosa es influir en la conversación pública y otra muy distinta construir una coalición suficiente para gobernar.

Mientras tanto, el centro político parece continuar una lenta transformación hacia algo extraño, convirtiéndose en la posición ideológica que más habla de moderación, pero que aburre y no consigue emocionar al electorado.

Entre Fajardo y Claudia López podrían confirmar algo más duro que una derrota, la crisis prolongada de una narrativa política que durante años se presentó como la alternativa racional del país.

Y así, paradójicamente, Colombia podría terminar llegando a una elección menos fragmentada de lo que parece. No porque falten candidatos, sino porque sobran realidades que ya empezaron a ordenarse, si esto ocurre, la segunda vuelta sería menos una sorpresa y más una consecuencia, Cepeda contra Paloma.

Una izquierda consolidada frente a una derecha reorganizada, continuidad ideológica contra la contención política.

Lo demás vendrá después del 31 de mayo, alianzas, discursos sobre unidad nacional, reconciliaciones exprés y enemigos históricos descubriendo afinidades republicanas hasta el 21 de junio.

Esto es lo divertido de la política colombiana, siempre encuentra formas creativas de reinventar sus principios, porque al final, los números no mienten, aunque a veces sí anuncian, con meses de anticipación, conversaciones que el país todavía no está listo para tener.

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