01 Oct Siglo XXI: Cuna de la Idiocracia o Sociedad de los Idiotas
Rodolfo Correa
Abogado. Profesor Universitario
Idiota, según la RAE, es alguien «tonto o corto de entendimiento». La idiocracia, entonces, sería el gobierno de los idiotas. Una república imaginaria donde la ignorancia se casó con la soberbia y el conocimiento murió de viejo esperando que lo dejaran hablar.
Y en 2006, Mike Judge llevó ese mundo al cine en una película titulada exactamente así: Idiocracia, en la que un hombre mediocre de nuestros tiempos, gracias a un error dentro de un experimento militar se congela y despierta en 500 años después, en el año 2505, descubriendo que es el más inteligente del planeta. Este pelafustanillo no había recibido el don de la sabiduría sino que los demás habían extraviado por completo el entendimiento.
El prólogo de la película explica que tal mundo caótico surgió gracias a que, mientras las parejas con mayor nivel educativo postergaron o evitaron la reproducción por razones profesionales y económicas, las poblaciones con menor preparación se reprodujeron masivamente, lo que llevo la creación de una sociedad distópica en la que, por ejemplo, la política era un circo pues allí el presidente de los Estados Unidos era un peleador de lucha libre y estrella porno que gobernaba entre disparos y ovaciones. De otro lado, los Médicos e ingenieros operaban equipos automáticos sin entender sus principios y los agricultores regaban los cultivos con una bebida energizante porque una multinacional los convenció de que, si los electrolitos daban energía a los humanos, también alimentarían las plantas. El hambre llegó después.

La diferencia de ese futuro “imaginario” con nuestro presente y “futuro inmediato” es que ya no necesitamos esperar cinco siglos ni confiarle el trabajo del desastre social a la demografía. Hemos encontrado un método mucho más rápido para cultivar una sociedad de idiotas: entregar a cada persona una máquina extraordinariamente poderosa y enseñarle apenas lo suficiente para usarla, pero no para comprenderla. Vivir rodeados de algoritmos que seleccionan lo que vemos, inteligencias artificiales que responden lo que preguntamos y plataformas diseñadas para mantenernos deslizando el dedo con videos de 1 minuto, mientras disminuye nuestra disposición a leer, contrastar, dudar y pensar con profundidad.
El riesgo de la nueva idiocracia no consiste, entonces, en que desaparezca la tecnología, sino justamente en lo contrario: que se vuelva omnipresente en manos de una sociedad progresivamente incapaz de comprender sus principios, cuestionar sus respuestas o gobernar sus efectos. Idiocracia imaginó un futuro en el que las máquinas seguían funcionando después de que los seres humanos habían dejado de entenderlas. Lo verdaderamente inquietante es que ese futuro empieza a parecernos demasiado familiar y aparece la paradoja latente: máquinas cada vez más inteligentes en manos de personas que comprenden cada vez menos cómo funcionan.
Cuando la educación pierde su dimensión ética y humanista, la tecnología deja de liberar al ser humano y comienza a automatizar su ignorancia. Ello nos lleva a entender que la civilización no viene garantizada por la evolución biológica, sino que es una construcción frágil: cada generación debe aprender a sostenerla, discutirla y mejorarla. Heredamos edificios y dispositivos; no heredamos automáticamente el criterio para utilizarlos.
Y aquí la paradoja roza el cinismo. Parte de las élites globales, especialmente las tecnológicas, está educando a sus hijos en dirección contraria. En pleno Silicon Valley, la Waldorf School of the Peninsula mantiene las aulas sin teléfonos y, hasta quinto grado, una educación sin pantallas. Suecia está devolviendo tiempo escolar a los libros, la lectura y la escritura. Y en marzo de 2026 la UNESCO reportó 114 sistemas educativos con prohibiciones nacionales de teléfonos en las escuelas. Mientras buena parte de la economía digital compite por capturar cada segundo de nuestra atención, quienes viven en su epicentro parecen haber comprendido que la atención es precisamente aquello que hay que proteger.
Tal vez allí esté la salida: menos fascinación con el dispositivo y más lectura profunda; menos respuestas instantáneas y más pensamiento crítico; menos pobreza del lenguaje y más palabras para comprender el mundo, haciendo honor a lo que Wittgenstein nos enseñó: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
Lo que en 2006 nació como una farsa exagerada hoy empieza a parecer un documental anticipado sobre la banalización de la política, la desconfianza hacia la ciencia y el triunfo del infoentretenimiento y nuestro reto, el de quienes nos importa lo que sucede a nuestro alrededor, es evitar que esto ocurra defiendo la educación como proceso transformador y generador de un mundo mejor, de un ser humano mejor.

No Comments