Rodolfo Correa

Universidades: ¿clientes o estudiantes?

Rodolfo Correa
Abogado – Profesor Universitario

Una universidad comienza a degradarse el día en que teme más perder una matrícula que graduar a un mal profesional.

La educación superior colombiana está en crisis. No porque hayan desaparecido los estudiantes, sino porque están cambiando de destino. Un estudio reciente muestra instituciones privadas tradicionales donde los nuevos estudiantes de pregrado han caído cerca de 63% en una década y, en Derecho, por ejemplo, la reducción llega a 60% mientras que en Contaduría la reducción de matriculas alcanza el 76%.

Las causas son varias: gratuidad en la educación pública, expansión de la oferta pública, educación virtual, instituciones de bajo costo y una población joven que será cada vez menor. Para algunas universidades privadas que durante décadas educaron a la clase media, cada matrícula empieza a ser una cuestión de supervivencia.

Y ahí comienza el peligro.

Cuando una universidad no puede competir en precio, cobertura o tecnología, puede caer en la tentación de competir en facilidad. El estudiante deja entonces de ser aprendiz y comienza a ser tratado como cliente. Y aparece, trasladada al aula, aquella máxima comercial: “el cliente siempre tiene la razón”.

En educación, no.

Quien paga una matrícula tiene derecho a buenos profesores, respeto, acompañamiento y cumplimiento de lo prometido. Pero no compra aprobación. Mucho menos compra un título.

El estudiante llega a la universidad porque ignora algo que quiere aprender y está convencido de que eso lo hará mejor persona y un profesional competitivo. El profesor está allí porque, sobre aquello que enseña, sabe algo que el estudiante todavía no sabe. Esa desigualdad de conocimiento no humilla: hace posible la educación.

Por eso conviene hacer una distinción categórica: el gobierno de las universidades puede —y quizá debe— ser democrático. Pero el gobierno del proceso educativo no puede serlo, porque terminaría convertido en la dictadura de quienes ignoran sobre quienes tienen el conocimiento y deben enseñarlo.

La verdad científica no se vota. Una ecuación no cambia porque una encuesta diga que es difícil. Un diagnóstico médico no mejora porque el estudiante considere excesiva la exigencia. Y un abogado incompetente no se vuelve competente porque haya pagado diez semestres.

La crisis de las matrículas no se resuelve bajando estándares, domesticando profesores exigentes o convirtiendo la satisfacción estudiantil en el indicador supremo de gestión. Se resuelve enseñando mejor, innovando más y exigiendo con inteligencia.

Una universidad no vende títulos. Certifica capacidades.

El estudiante no es un cliente al que haya que darle siempre la razón. Es un aprendiz al que debemos darle razones.

Una universidad que, para sobrevivir, convierte sus aulas en un mercadillo de diplomas quizá logre vender más títulos… pero terminará haciendo que en unos años nadie quiera comprarlos.

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